8 de febrero de 2011

LA SIRENA

Letra, música e intérprete: Hebe Rosell.
Disco: sin editar en disco, grabada de una actuación en vivo en un programa de T.V. (si mal no recuerdo).

La pesca le cosía
el alma a la camisa.
“No vayas solo, padre,
porque uno nunca sabe”.

Pero esta soledad
no es cosa de la edad.
“No vayas, marinero,
que el mar es traicionero”.

Entonces me llevaba
cargando la carnada.
Me acuerdo y no me acuerdo,
yo, niña, y él, en medio…

Yo no sé qué quería
pescar, qué se traía.
Nadando se internaba,
y el mar se lo llevaba.

Cautiva en el castillo
que construí en la arena,
un día vi a mi padre
venciendo a la sirena.

Me acuerdo y no me acuerdo,
yo, niña, y él, tan lejos.
La sal lo iba tomando,
y el mar seguía cantando,
y el mar seguía cantando,
y el mar seguía cantando…


Ya en el otro blog comenté la importancia que tiene la creación de una atmósfera en canciones como El primer aguacero del año de Qual, Rock en vivo de Rockdrigo, etc., además de todos los ejemplos literarios y del resto del arte ahí citados. Esa atmósfera impacta en el alma del escucha, a veces por motivos más oscuros, por evocaciones escondidas que hace emerger, que revitaliza. Cuando esto ocurre, es muy probable que estemos ante una obra de nostalgia. Etimológicamente, nostalgia viene de nostos, que significa pasado, y del sufijo –algia, que significa dolor. Es decir, la nostalgia es un dolor por el pasado. ¿Pero por qué provoca dolor ese pasado? Simplemente porque se ha ido, y el tiempo es irrecuperable. De ahí que un pasado pueda provocar nostalgia incluso si no tiene nada de idílico, como bien muestra José Emilio Pacheco en Las batallas en el desierto y El principio del placer, dos de las grandes novelas de nostalgia (la segunda provoca la eterna e inútil discusión de si es cuento largo o novela corta, pero no caeré en ella). Y estas novelas narran precisamente la infancia y la adolescencia, dos lugares del pasado, dos épocas irrecuperables, con todos sus contextos: sociales, morales, políticos, pero también definidos por aromas, lugares, paisajes, personajes, lenguajes, modas… Cuando una canción crea atmósferas que a la vez crean evocaciones, ya sea desde la música (a través de las notas, los timbres de los instrumentos, los recursos de estudio, los efectos de sonido, etc.), desde la letra (al citar referencias, describir lugares reconocibles, nombrar personajes conocidos, utilizar léxicos del momento, etc.), y más aún, desde ambos elementos juntos, echamos un vistazo a esa época perdida, desde la memoria, la alusión reconocible, el sonido familiar. Y su condición irrecuperable se siente en tal plenitud, que eso provoca ese dolor, esa nostalgia. Esto lo podemos ver en esas dos novelas, pero también en los cuentos Luna de Héctor Manjarrez (sobre la época hippie), El rey criollo y Bye, bye love de Parménides García Saldaña, La hembra de Arturo Uslar Pietri, El primer amor de José López Portillo y Rojas (no es el nefasto expresidente), Yambalalón y sus siete perros de Juan Villoro, La palabra sagrada de José Revueltas, Cuál es la onda de José Agustín, las novelas De perfil, Se está haciendo tarde (final en laguna) y La tumba de éste último, Gazapo de Gustavo Sáinz, El solitario Atlántico de Jorge López Páez, Cartucho de Nellie Campobello, La salvaja de Carmen Boullosa, Balún Canán de Rosario Castellanos, y tantos y tantos ejemplos. Y ni hablar del cine: Cinema Paradiso de Giuseppe Tornatore, Cría Cuervos de Carlos Saura, Simitrio de Emilio Gómez Muriel, Fanny & Alexander de Ingmar Bergman, Dead poets society de Peter Weir, Angela’s ashes de Alan Parker, Melody de Waris Hussein (con guión del mismo Parker), y un larguísimo etcétera. Curiosamente el rock no ha acudido demasiado a la nostalgia, seguro porque es una creación básicamente juvenil; es decir, no tiene a la suficiente distancia ninguna época como para añorarla. Algunas alusiones se ven en rolas como Cuando era más joven de Joaquín Sabina, Treintañeros de Carlos Arellano o Desde mi moto y Ay, Inés de Jaime López, sólo que limitadas a la adolescencia y juventud más reciente. Sobre la infancia, los casos disminuyen. Se dan más en la trova, un estilo de espíritu más “adulto”, como muestran Esos locos bajitos y Mi niñez de Joan Manuel Serrat, El primer amor de Pablo Milanés y El rey de las flores de Silvio Rodríguez. En el rock mexicano, las alusiones a la infancia son muy pocas. Recuerdo La víbora de Fabio Morábito, interpretada por Carmen Leñero, y algunas realmente indirectas, como ¡Niño, déjese a’i! de El personal y Canción de cuna de Armando Rosas (ni contar esas dos aberraciones de moralina fácil del Three souls in my mind y luego El tri, llamadas Pobres de los niños y Niño sin amor), pero los ejemplos escasean (mención aparte merecen, por tratarse de casos diferentes, El chisme de los tucanes de MCC, con letra de una niña, Adriana Briseño, hija de Guillermo Briseño, producto de un concurso de poesía infantil organizado por el grupo, así como Pequeño Alfredo de Lucerna Diogenis, falsa canción de cuna para un amigo cuya muerte se convierte en un regreso a la infancia, dos rolas que en su momento analizaremos aquí).
Una excepción a esta carencia de canciones sobre la infancia en el rock mexicano es La sirena de Hebe Rosell. Como conté en el otro blog, Hebe es originaria de Argentina, y forma parte de una familia de músicos, entre los que se ha destacado Andrés Calamaro, y llegó a México exiliada de la dictadura militar. Aquí ha realizado toda su carrera musical, así que indudablemente es parte del rock mexicano (así lo asume en su rola En México me quedo, escrita por Briseño, pero basada en su propia historia). Quizá por su pasado de folclorista (formó parte del grupo Sanampay, en el que también participaron Delfor Sombra, Caíto, Eugenia León, Guadalupe Pineda y otros músicos reconocidos), en La sirena evoca la infancia, a través de una instantánea significativa, un solo momento, que para el mundo adulto es intrascendente, pero que queda como marca indeleble en la memoria de una niña. Sin llegar a ser trauma, la imagen del padre alejándose, internándose en el mar, en ese mundo oscuro, profundo, indescifrable e infinito para la niña que ve todo desde la orilla, propicia una angustia, quizá leve, pero lo suficientemente honda como para permanecer en el recuerdo contra viento, marea y ola arrebatadora, amenazante, que se lleva a ese ser protector, ídolo y semi-dios mitológico que es un padre para su hija. Tanto así, que no hay artilugio marino que lo someta, que logre apropiárselo; no hay sirena capaz de subyugarlo con su voz, su brisa, su misterio. Y por eso, la angustia cede, arropada por la fantasía, por la imaginación infantil, que vuelve invencible al padre, porque los niños escapan a un mundo propio, donde las amenazas del entorno suavizan su significado, y donde vive la esperanza (pero no cuando sí se habla de traumas plenos). Así, Hebe Rosell nos entrega un fondo muy profundo y emotivo, pero ceñido a una sola escena cargada de significado, al estilo de la fotografía artística de Lola Álvarez Bravo o Tina Modotti. Pero dicha escena se recrea a través de un estilo poético muy bien cuidado, que se anuncia ya desde la primera imagen, metáfora y prosopopeya que poetiza la realidad con una frescura e inocencia maravillosas, muy propias del lenguaje infantil (“la pesca le cosía el alma a la camisa”), para después aterrizar en el lenguaje más cotidiano, en esos vaivenes que muestran cómo los niños tienen sólo un pie en la realidad que perciben los adultos, y otro en ese mundo propio mencionado antes. Después Hebe usa una frase muy reconocible de la mencionada novela Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco (“me acuerdo, no me acuerdo”), a manera de homenaje, pero también por el placer que significa señalar la coincidencia con otro artista extraordinario en sensibilidad e intereses (inevitablemente recuerdo otro ejemplo de esto: la carta de Octavio Paz a Josefina Vicens, que se volvió introducción a su excepcional novela El libro vacío, también de fuerte carga nostálgica). Así, las reflexiones temerosas y las tímidas súplicas infantiles hacia el padre van llenando los versos heptasílabos refrescantes, de bien logradas rimas consonantes y asonantes, en cuartetas pareadas (salvo la quinta, en que se devela el sentido del título), estructura y recursos literarios que dejan bien claro el cuidado formal de Hebe Rosell. A eso se debe que La sirena posea una letra tan notablemente equilibrada en forma, fondo y emoción, una verdadera lección de estilo y trascendencia.
Pero La sirena es una canción en que la melodía, el arreglo y la voz también crean una atmósfera extraordinaria, conmovedora, sin dejar de ser un tanto extraña. Tras su etapa folclorista, Hebe creció como rockera al lado de Briseño. La quena y la flauta de antes fueron cediendo el paso al sintetizador, y en La sirena se expresa esa nueva potencia muy claramente. El sonido del sintetizador escogido para la rola es envolvente, amplio, enormemente evocador de ese mar que arma el paisaje de la letra (obviamente apuntalado por el efecto de olas al fondo), y que recuerda en la introducción y final el estilo de Eblén Macari. La voz de Hebe, también profunda, grave y cálida, impregna la entonación de ondulaciones delicadas, que liberan las notas suavemente, como vuelo de gaviotas entre el rumor de los acordes alargados, en un ritmo de olas que se condice perfectamente con el tema marítimo de la letra. Y la voz libre y lejana que usa Hebe al final nos hace audible el intento de la sirena imaginaria por apoderarse de la voluntad paterna, en uno más de los aciertos del arreglo. Hasta el final, en que el acorde despliega sus notas definitorias lentamente, para sugerir la serenidad final de la niña ante un mar doblegado, derrotado.
Podemos ver, entonces, cuánto trabajo minucioso, musical y poético emplea Hebe Rosell en La sirena, lleno de detalles formales que le dan sustento a un fondo inteligente y conmovedor, en una instantánea de nostalgia, belleza y auténtica inocencia.

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