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23 de enero de 2011

TARDES

Letra: Ramón López Velarde.
Música e intérprete: Guillermo Briseño.
Disco: Canciones del íntimo decoro.

Tardes
como una alcoba submarina
con su lecho y su tina;
tardes
en que envejece una doncella
ante el brasero exhausto
de su casa,
esperando a un galán
que le lleve una brasa;
tardes
en que descienden los ángeles,
a arar surcos derechos
en edificantes barbechos;
tardes
de rogativa y de cirio pascual;
tardes
en que el chubasco
me induce a enardecer
a cada una
de las doncellas frígidas
con la brasa oportuna;
tardes en que,
oxidada la voluntad,
me siento acólito del alcanfor,
un poco pez espada
y un poco San Isidro Labrador,
me siento acólito del alcanfor,
un poco pez espada
y un poco San Isidro Labrador,
un poco pez espada
y un poco San Isidro Labrador...


Expliqué, creo que sustancialmente, por qué no incluí poemas musicalizados en el blog de Las 100 mejores canciones del rock mexicano. Pero como este nuevo espacio no requiere ese mismo rigor de la lista, me he decidido a incluir esta maravilla de Ramón López Velarde. En realidad, hablamos de un fragmento del poema más largo Tierra mojada, publicado en el libro Zozobra, y musicalizado e interpretado por Guillermo Briseño, para el disco Canciones del íntimo decoro (en alusión a los versos “yo que sólo canté de la exquisita/partitura del íntimo decoro”, del poema más conocido de López Velarde: La suave patria), en que otros músicos musicalizan y/o interpretan otros poemas del autor (entre ellos, José Elorza, Hebe Rosell, Jaime Moreno Villarreal, Betsy Pecanins y Armando Rosas y La Camerata Rupestre). Obviamente el poema se entiende y valora mejor si se lee completo. No obstante, el fragmento elegido por Briseño basta para comprender el tema del poema, y para apreciar el estilo único, renovador y atrevido de López Velarde, poeta que de hecho inaugura una nueva etapa en la poesía mexicana (junto a Manuel Gutiérrez Nájera, Salvador Díaz Mirón y José Juan Tablada): la poesía moderna, que derivará después en el Estridentismo, los Contemporáneos y el resto de las vanguardias, hasta la poesía actual. López Velarde es quizá el primer autor que mezcla léxicos distantes, considerados ajenos al lenguaje poético, con elementos tradicionales (lo que, en su propio contexto histórico, social y urbano, definiría el estilo de los compositores del rock rupestre), incluidos aspectos, referencias y atmósferas de la vida provinciana del México de principios del siglo XX, a través de figuras retóricas muy osadas y complejas, que apuntalan rimas altamente musicales y aun irónicas.
Tardes (usaré el nombre y fragmento que escogió Briseño, así como la división de los versos que la música propone, diferente a la del poema original) muestra claramente todas estas características. Aquí, la vida provinciana, con toda su carga de moral añeja, no es idílica. Al contrario: es una suma de miedos y represiones, como en Las buenas conciencias de Carlos Fuentes, Al filo del agua de Agustín Yáñez, Angelina de Rafael Delgado y tantas otras novelas mexicanas, pero también semejante a las de Madame Bovary de Flaubert, La Regenta de Leopoldo Alas Clarín, El amante de Lady Chatterley de D.H. Lawrence, etc. En Tardes, es la represión sexual, la censura a los deseos del propio cuerpo, que llenan de bochorno silencioso las interminables y amargas tardes de la provincia, las de las “doncellas frígidas” tejiendo tras las cortinas, con el reloj taladrando un silencio de madre en el sofá, de piedra, de rezo, de asfixia. El poeta sueña con romper ese tedio, ese laberinto de callejuelas coloniales, esa cárcel de costumbres y ordenanzas sociales, familiares, que las vuelven internas de tanto repetirlas. Quiere ser la “brasa”, el “pez espada” que penetre las tardes líquidas. Quiere quitar el agua y poner el sol, como “San Isidro Labrador”. Enardecer el aire como el “alcanfor”, para ser el “galán”, la caricia oscura que falta, y no el buen partido tradicional de los sueños familiares y de clase. Pero todo este fondo, que bien podría inspirar la obra más costumbrista, en manos de López Velarde se expresa con imágenes audaces, de un erotismo incontenible, que busca férvidamente la modernidad que nunca llega al pueblo cerrado, estancado en el tiempo. Es en el estilo lírico de López Velarde donde se da esa revolución, callada ante los personajes provincianos, pero que muestra su desnudez acalorada en la literatura, sinónimo de libertad, como muestran los juegos descriptivos de Aventuras de un joven Don Juan y Los once mil falos de Apollinaire, Historia del ojo de Bataille, Trópico de Cáncer de Henry Miller, etc. López Velarde es todo un precursor de este nuevo espíritu libre, y Tardes así lo demuestra, pues su maravillosa elipsis es producto de la búsqueda estilística renovadora, y ya no la sutileza moralista de la literatura anterior.
Por su parte, Guillermo Briseño crea una magnífica musicalización, junto a un arreglo sencillo, pero muy poderoso. La voz del sintetizador está muy bien elegida, es atmosférica, suena a nubarrones densos, resaltados por los sonidos de truenos, un recurso de estudio muy bien aprovechado, y que obviamente recuerda Riders on the storm de los Doors (que en realidad usan la tormenta entera), pero también Nube de Lucerna Diogenis (ahí si truenos aislados también). El tono menor de Tardes, más los acordes bien diferenciados, propician esta atmósfera lluviosa vespertina, muy acorde con el espíritu de la letra. Y en un acierto más, los impecables solos de guitarra eléctrica del invitado Daniel Tuchmann (uno de los mejores ejecutantes de la guitarra eléctrica en México, curiosamente más ligado a la trova que al rock) también parecen relámpagos sonoros, agudos, penetrantes, como golpes de energía y luz brillante sobre las calles mojadas, lo que hace del arreglo una suma de aciertos por todos lados. Al final, la batería electrónica programada por Juan Manuel Aceves (inteligentísima decisión de último momento) lleva la canción al máximo arrebato temperamental, casi desesperado, afín al del poeta ante la vida monótona y petrificada de la moral pueblerina de su época.
De este modo, Tardes es otra muestra maestra de la unión de dos artistas geniales, más allá de distancias temporales, así como de lo que se enriquece el rock cuando se comprende su valor como un arte más, tan hondo y profundo como las demás ramas, y cuando el músico se exige desde esa convicción.