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12 de enero de 2011

REZA EL CARTEL

Letra, música e intérprete: Noel Nicola.
Disco: Así como soy.




Hoy por la mañana,
a primera hora,
estuve hablando con un cajón
de ideas.

Mi nombre estaba anotado en su agenda.
Mi nombre era una sigla de lata.
Mi nombre era un traje sin un hombre adentro.
Mi nombre era un traje sin un hombre adentro de él.

Hoy por la mañana,
a primera hora,
estuve sentado en un banco de viento.

“Séquese la vida antes de entrar,
rómpase la risa antes de entrar,
cuelgue su cerebro antes de entrar”,
reza el cartel allí,
reza el cartel allí…

Hoy por la mañana,
a primera hora,
estuve alternando con un ser
gaveta.

Para él las personas se miden por metros.
Para él, buenos o malos, y vivos o muertos.
Para él no hay consigna si no es su consigna.
Para él no hay consigna si no es su consigna gris.

Hoy por la mañana,
a primera hora,
estuve afilando un cuchillo de tiempo.

“Séquese la vida antes de entrar,
rómpase la risa antes de entrar,
cuelgue su cerebro antes de entrar”,
reza el cartel allí,
reza el cartel, lamentablemente, allí…

Un viejo amigo poeta me insistía en que de todas las cosas, experiencias, sucesos, obras y actos, incluyendo los más estúpidos, limitados y frívolos, se podía extraer una reflexión inteligente y profunda. Con el tiempo, he podido entender que tenía razón, porque eso depende del que ve, escucha, reflexiona y critica, y no de lo que inspira o provoca esa reflexión, análisis y crítica. Pese a que reconozco algunos momentos simpáticos, tengo claro que la película School of rock, de Richard Linklater, protagonizada por Jack Black (a quien, por cierto, acabo de ver en un homenaje a The Who interpretando Squeeze box de manera más que aceptable), no pasa de ser simple entretenimiento, comercial e intrascendente. Pero si sigo la opinión de mi amigo, hay por lo menos dos aspectos que le rescato. Primero: que prácticamente todas las canciones y grupos de los que se hace referencia son de lo mejor en la historia del rock, y están citados en un contexto correcto. Y segundo: una escena breve, aparentemente insignificante, pero que me pareció la más crítica de toda la película (si no es que la única): uno de lo niños se le pierde a Black cuando quieren participar en La guerra de las bandas, y lo encuentra en la camioneta de otro grupo, de aspecto metalero, con todos los lugares comunes de la pinta glam oscura (cabello largo, camisetas sin manga, adornos de metal, carrujos de hierba, etc.), jugando póker. Y ante la molestia y el susto de Black, el niño le dice: “¡pero estoy con una auténtica banda de rock!, ¿no se trata de eso?”, o algo equivalente. Y Black le responde: “eso no es rock, es pura pose”. Me parece que la frase da absolutamente en el clavo. Se dice que el rock no es un ritmo, sino un modo de vida. Yo diría que es una visión o posición ante la música, el arte y la vida, una visión del mundo. Por eso, muchas veces un viejito calvo, de camiseta blanca, pantalones flojos y zapatos gastados puede ser mucho más rockero que un adolescente de cabellera larga y encrespada con spray, estoperoles y pantalones de cuero, porque es en la visión crítica del mundo y la reflexión jamás petrificada donde está lo rockero. Todo lo otro, solo, es pura pose, en el fondo idéntica a la de los gruperos, los reggaetoneros y demás grupúsculos, por más distinta que parezca en la superficie.
Toda esta introducción me sirve para explicar la inclusión aquí de Reza el cartel de Noel Nicola, así como de muchas otras canciones aparentemente no rockeras que irán apareciendo (y que aparecen como bonus tracks en el otro blog). Porque en esta canción, Noel Nicola es millones de veces más rockero que, por poner un ejemplo, Bon Jovi. Tanto la letra, como la música y el arreglo de Reza el cartel son mucho más atrevidos, inconformes y profundos que todos los lugares comunes (la ropa, la voz, los saltitos, la guitarra eléctrica distorsionada, los rasgueos bitonales, los gastadísimos ángeles y demonios de las letras, etc.) del posero Jovi. La letra de Reza el cartel es tan lennoniana como Glass onion, Come together, Tomorrow never knows o Strawberry fields forever; tan dylaniana como Just like a woman o Like a rolling stone; tan propia de Procol Harum como A whiter shade of pale y A salty dog; tan simbólica como Helpless dancer de The Who; o tan audaz como White rabbit de Jefferson Airplane. Todos ejemplos con los que Reza el cartel tiene mucho en común. Sus líneas están llenas de imágenes casi psicodélicas, abstractas, sin dejar de significar, porque igual pertenecen a un trovador con convicciones ideológicas firmes (como lo demuestran canciones como Se fue a bolina, Hay un almanaque lleno de 26 o Con las letras, la luz). Pero dichas convicciones, como en todo artista verdadero, no nublan ni determinan la obra. Si acaso, la inspiran, pero la propuesta formal siempre tendrá que equilibrar el fondo y la emoción. Y el estilo poético de Noel Nicola, el tercer gran pilar de la Nueva Trova Cubana (los otros dos son, obviamente, Silvio Rodríguez y Pablo Milanés) siempre apuntala hacia las alturas todo interés temático (sobre todo en sus dos primeros discos, Comienzo el día y Así como soy, aunque decayó notoriamente en los siguientes). En el caso de Reza el cartel, la denuncia de la intransigencia y la cabeza cerrada, propia del conservadurismo de derecha, es sólo el disparador (en términos de la teoría literaria de Guillermo Samperio); el verdadero sentido es desarrollar el asunto a través de imágenes (básicamente metáforas) frescas y altamente simbólicas, lo que le da a la canción un aire ultraísta psicodélico (si se me permite el término), cercano a Lewis Carroll, y también al estilo literario irónico abstracto de Salinger en sus Nueve cuentos. El cartel inamovible, inmarcesible, retrata un sector de la población (de toda población) que, como decía Carlos Monsiváis, es su propia caricatura. Pero Nicola usa su propio trazo para dibujarla, agudo, pero también volátil, y en ese mezcla insólita radica el gran aporte de la canción, y es justo ese el rasgo que la acerca al rock, más acostumbrado al híbrido, o mejor dicho, a la fusión, como expliqué por ahí en el otro blog. Los trazos apretados y rápidos de Nicola se despejan un poco en la segunda parte, y entonces el fondo y la emoción toman la estafeta, así que el escucha pasea por todos los elementos de la obra de arte, en una progresión calculada e inteligente del autor, que cierra el círculo semántico en la plenitud de su sentido, sin que falte ni sobre nada.
Pero también la música y el arreglo de Reza el cartel se atreven más allá de la clásica guitarra acústica arpegiada trovadoresca. Nicola, verdadero maestro del instrumento, hace que el simple tono dominante (Mi Mayor) sufra una leve distorsión armónica, al incorporar en el acorde una nota Mi bemol aislada, casi huérfana, pero conservando el bajeo propio de la tónica normal. Esta innovación ya recuerda claramente la vieja nota “ilógica” que dio origen al blues. Desde ahí se percibe ya la relación con el rock. Pero el arreglo juguetón, con unas percusiones que evocan el sonido del reloj, aprovechando que lo posibilita el ritmo, subrayan el tema del día de convivencia forzada con ese “ser gaveta”, con ese “cajón de ideas”, en que las horas incómodas oyendo intransigencias se alargan, y en el que la lentitud del pesado minutero parece eterna, como ese “cuchillo de tiempo” (¿que también podría simbolizar la venganza que se cobrará la historia, a través de la obsolescencia?). Pero enseguida el ritmo rompe, en un rasgueo de puentes que caen una y otra vez en la tónica, que recuerda el de Ánimas de Roberto González (nueva similitud rockera), y que coincide con la irritación que empieza a causar en el protagonista la experiencia que va soportando. Todo apuntalado por requinteos y bombardeos de acordes, casi jazzísticos. Y al final el ritmo vuelve a la calma, semejante también a la del ánimo, acaso por agotamiento, acaso por comprender que cualquier argumento caerá en el vacío, como siempre, y como subraya el alargamiento irónico de la última nota de la voz de Nicola (que, por cierto, siempre me recuerda el timbre y el dominio de Paul McCartney), mientras el reloj sonoro sigue, sigue y sigue, inconmovible. ¿De veras no suena todo esto a canción lennoniana o dylaniana?
Para mí, no hay duda: en Reza el cartel, el trovador cubano Noel Nicola es mucho más rockero que tantísimos que sólo son pura pose.