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31 de enero de 2012

EL CORAZÓN

Letra y música: Jaime Moreno Villarreal.
Intérprete: Carmen Leñero.
Disco: Casas en el aire.


El corazón se equivoca siempre.
Nos da los golpes de pecho.
El corazón nos hace nobles y torpes,
seres de un gran corazón.

El corazón no desea la muerte:
el corazón se prepara ansiosamente.

El corazón quisiera irse muy lejos
mientras lo acariciamos como a un pájaro.
El corazón sangra toda la noche,
mientras tratamos de olvidarlo.

El corazón no desea la muerte:
el corazón se prepara ansiosamente.

Mi corazón no desea la muerte:
mi corazón se prepara...

El corazón huye por instinto,
pero caza por hambre.
El corazón es un gran lobo gris,
el último de los grandes.

El corazón no desea la muerte:
el corazón se prepara ansiosamente.

Mi corazón no desea la muerte,
pero late tan precipitadamente…


Ya hemos hablado ampliamente de la gran calidad de Jaime Moreno Villarreal como compositor, y de lo inconcebible que resulta que no haya grabado ningún disco. Pero también señalamos que por fortuna podemos conocer su obra por los demos que grabó en Radio Educación, y también porque otros rockeros han interpretado su obra. Es el caso de Betsy Pecanins (sobre todo en su disco Esta que habita mi cuerpo), pero especialmente Carmen Leñero. Lo valioso del caso de El corazón, es que, al no conocerse una versión del propio Jaime, podemos valorar la interpretación de Carmen sin la clásica “contaminación” comparativa, esa que nos hace preferir siempre la primera versión que conocemos, que suele ser la del autor (o casi siempre ocurre así, porque sin duda hay grandes segundas versiones que superan a las originales, como With a little help from my friends, pues sin duda la versión de Joe Cocker es infinitamente superior a la de los Beatles, o House of the rising sun de Animals, también una inigualable versión, que supera todas las anteriores y posteriores, incluyendo obviamente la horripilante de Sandro).
La letra de El corazón se centra en el simbolismo que de por sí posee este órgano del cuerpo, al que se le atribuyen, equivocadamente, las emociones, la alegría, el amor, pero también el dolor no físico, la tristeza, la angustia, etc. Para esto, Moreno Villarreal recurre a una clásica línea literaria: la que, centrándose en un solo motivo, busca agotar sus manifestaciones, pero desde lo oculto, lo simbólico, lo poéticamente significativo, al estilo de los que hacen Juan José Arreola con los animales en Bestiario y Pablo Neruda con los lugares de sus viajes en los poemas en prosa, y sobre todo André Breton en su poema Mi mujer. Así, Jaime Moreno Villarreal va tocando diversos aspectos del corazón, ese símbolo de la sensibilidad humana, sus contradicciones, su fragilidad. Para ello, utiliza diversas analogías metafóricas, prosopopeyas y pequeñas alegorías, pues lo compara a ratos con un lobo, con un pájaro, lo hace sangrar, cazar, y sobre todo prepararse. ¿Prepararse para qué?, para ser un corazón, para proseguir su destino inexorable, para sentir una y otra vez, y vivir así su naturaleza, que es la naturaleza humana, que es nuestra naturaleza. Para vivificarla, no importa que sea bajo el dolor y el sufrimiento, porque Moreno Villarreal reitera una y otra vez en el estribillo que “el corazón no desea la muerte”. Pero, en una pequeña paradoja retórica, también esa preparación insinúa la de la muerte, porque, de manera también inevitable, el corazón de los sensibles revienta (recordemos el término que usa para designarlos Roger Waters en The wall: los bleeding hearts, los “corazones sangrantes”), no sobrevive ante la frialdad, la indiferencia, el egoísmo, y sobre todo la no correspondencia de otro ante los sentimientos propios. Por ello, atinadamente Moreno Villarreal pone “el corazón no desea la muerte”, porque todos conocemos el despiadado abismo entre el deseo y su satisfacción real, o en este caso, el no deseo de lo irremediable, tan condenado al fracaso, pero tan familiar, tan propio. Quizá por eso, luego de proseguir en los estribillos la referencia al corazón en general de las estrofas, cambia en la repetición del mismo a “mi corazón”, y cierra el círculo de la rola alterando el estribillo en la última frase: “pero late tan precipitadamente…”, resaltando con ello ese destino inexorablemente autodestructivo que poseen los seres sensibles, los “seres de un gran corazón” (autodestructivo al sostenerlo en un mundo de odios, como muestra José Emilio Pacheco en Las batallas en el desierto). De este modo, en El corazón Jaime Moreno Villarreal nos da otra muestra extraordinaria de manejo estilístico, de dominio de los recursos poéticos, y de profundidad conmovedora en el fondo literario.
Por su parte, la melodía de El corazón es adecuadamente suave, lánguida, muy propicia para el timbre de Carmen Leñero, que aquí se muestra mesurado y casi sombrío, lo que le aporta a la rola un aire plenamente romántico (como ya he dicho, no en el sentido de la sensiblería cursi, sino en el del Romanticismo artístico del siglo XVIII, pálido, ojeroso, exhausto de sentir las pasiones derrotadas, y aun macabro y suicida). Por ello, El corazón resulta un ejemplo perfecto de la canción realmente romántica, e incluso con tintes góticos y dark, que ya anuncian a Lacrimosa, Santa Sabina y demás grupos de este movimiento. Y más si le sumamos el magnífico arreglo de Luis Leñero, lleno de detalles atmosféricos muy certeros, como esos sintetizadores iniciales tipo flauta de pan o zampoña, sobre otros rítmicos, casi como gotas estructurales, o la guitarra acústica arpegiada del cierre. No obstante, la estructura melódica de Moreno Villarreal todavía muestra una importante influencia rupestre, sobre todo del lado ligado a la balada-rock, a la variante progresiva del etnorrock y al rock sinfónico, como el de Armando Rosas y una parte de Gerardo Enciso y Arturo Meza, lo que hace de la música y el arreglo de El corazón una amalgama muy amplia de influencias y resoluciones melódicas impecables. Una rola de dolor dulce. Una lenta agonía. Un corazón muriendo.

8 de enero de 2011

EL APAGÓN


Letra, música e intérprete: Jaime Moreno Villarreal.
Disco: sin editar en disco, grabada para Radio Educación.

Dime que estabas conmigo,
nos conocimos en el apagón.
Dices que no,
¡pero, mi buen, te conozco!

Llevabas una chamarra,
ahí guardaste el videograbador.
¿Cómo te va,
tienes ya muchos programas?

La lluvia no soltaba su munición
contra el cristal de una tienda de aparador.
Tú me dijiste: “¿qué esperas?,
¡súrtete al por mayor!”.
Lejanamente las sirenas sonaban
como soles de invierno…

No es que yo sea sedicioso,
ni que ande atrás de alguna confesión,
¡pero yo sé
quién es quién cuando lo veo!

Soy sólo un camarada,
otro bato en la misma función.
Si no hay fijón,
no hubo fijón, y a’i la vemos.

La gente arrebataba su comisión.
Era una noche de brujas con vocación.
Las manos todo amañaban,
un estéreo, un televisor.
Lejanamente las sirenas sonaban
como soles de invierno…

Las calles se lo callaron,
para dar paso al tránsito.
Lejanamente las sirenas sonaban
como soles de invierno,
soles de invierno,
soles de invierno…


En mi otro blog ya hablé de la originalidad de varias canciones del rock mexicano. También señalé a Jaime Moreno Villarreal como uno de los autores más imaginativos y arriesgados, al mismo tiempo que profundamente poéticos (de hecho, el que más). El apagón es otra obra maestra en este sentido. Cuando uno la escucha, cuando uno analiza aunque sea someramente su letra, no puede menos que maravillarse ante una expresión tan inteligente y novedosa, y en muchos sentidos, tan aleccionadora para algunos compositores fallidos (en este caso, sobre todo del rock urbano, pero en otras canciones vale para todos los subgéneros), que insisten una y otra vez en la denuncia social y el retrato supuestamente realista y marginal, sin interesarse un ápice por la forma, sin proponer ninguna visión nueva, sin explorar las amplísimas posibilidades del lenguaje. Porque la letra de El apagón se centra en un personaje bastante tratado en el rock nacional: el delincuente, como lo demuestran ejemplos como Asalto chido de Rockdrigo, Caite cadáver de Jaime López o El zarco de Botellita de jerez, entre las escasas rolas logradas sobre el tema, además del inmenso cúmulo de malogradas. Pero la riqueza de El apagón, muy superior a la de las demás canciones, es justo el ángulo inexplorado, junto a la imaginación estilística de sus figuras retóricas, profundas, pero a la vez familiares, cuidadosamente graduadas para no hacernos distante al narrador, pero sin que se vuelva obvio, estereotipo. Construcciones como “la lluvia no soltaba su munición”, “era una noche de brujas con vocación” o “lejanamente las sirenas sonaban como soles de invierno”, fuertemente poéticas, salpican de oro líquido verbal una estructura más coloquial y directa. Este manejo, esta gradualidad, son hallazgos propios de un maestro de la composición. Si en Asalto chido agrada la originalidad del narrador escogido, y en Caite cadáver el manejo juguetón y sorprendente del lenguaje, en El apagón es la capacidad de barajar ambos alcances en el equilibrio perfecto lo que impacta, lo que lleva la canción a su gran altura. Por el lado del fondo, más que concentrarse en pintar con el máximo de detalles al personaje o describir la condición social que lo ha creado, Moreno Villarreal subraya el pequeño guiño que echa por la borda una hipocresía, lanza una luz de autenticidad que desnuda el lado oscuro del prójimo, que sólo en las sombras protectoras del apagón se muestra impunemente. Pero como dice la letra, “no hay fijón”, porque ese prójimo es sólo un espejo, que resalta sólo por el mínimo liderazgo fanfarrón que adquirió momentáneamente, pero que no se diferencia del narrador, de “la gente” mencionada, al fondo… y seguramente del escucha, en esas mismas condiciones propicias. Juego de espejos, cuyos reflejos sacan a flote nuestra verdadera esencia corrupta, tan conocida (los ejemplos sobran: el apagón de Nueva York en 1977, la rapiña tras los desastres naturales, etc.) e hipócritamente negada por los discursos chauvinistas, o por su otro lado, la crítica mordaz a lo nacional, que siempre suena a deficiencia únicamente del resto (seguro este post también tiene esa contaminación) aunque pretenda sonar a autocrítica. Una vez más, el aparente cinismo del atinado narrador en primera persona esconde realmente la única honestidad que tenemos al alcance, y que, sin embargo, pocos ejercen auténticamente. De esta manera, el cuidado estilístico de Moreno Villarreal en El apagón, como es distintivo de casi todo su trabajo como compositor de rolas (ni hablar como poeta), es sumamente notable. Como he afirmado, lo hace el mejor letrista del rock mexicano.
Pero en esta canción la riqueza también se muestra en la música. Sólo comparable a la de Las mujeres solas lo hacen, y en otro sentido, más lúdico, a la de Feliz, la ejecución al piano de Moreno Villarreal en El apagón es potentísima, porque el nivel de exigencia del ritmo y la melodía (que algo recuerdan Instant karma! y Remember de John Lennon, además del estilo de su amigo Guillermo Briseño, sobre todo en la Ausencia N° 4) saca a flote su máximo alcance técnico. Por ello, la rola adquiere una intensidad energética, una fuerza que sólo amaina en los estribillos para tomar más impulso, y después estancarse en el final, para sugerir el ruido del tráfico citadino, paisaje donde se desarrollan los dos tiempos narrativos de la anécdota. Ya la introducción, en que la mano izquierda bajea incesantemente, mientras la derecha lanza flamazos de acordes sueltos, hasta unirse gradualmente en la estructura básica del resto de la rola, anuncia el poderío de la melodía, aunque se nivela gracias al timbre suave de la voz de Jaime, en calculada correspondencia con la mencionada mezcla de poesía y cotidianidad. Otra extraordinaria lección de talento de Jaime Moreno Villarreal.